la han admirado; buenos poetas le han consagrado sus inspiraciones, y hasta extraviados amantes la han popularizado haciendo �� sus hirvientes espumas, c��mplices de amargos desenga?os; mas soy franco, ni la tradicional leyenda, ni el fugaz art��culo, ni el profundo libro, ni el cuadro, ni la narraci��n, ni nada de lo que hasta entonces hab��a le��do, visto �� o��do referente �� la cascada, se evoc�� �� mi memoria cuando llegamos al borde del grandioso precipicio. La emoci��n y la sorpresa son instant��neas, pues la situaci��n y configuraci��n del terreno donde la masa de agua se precipita, tiene una depresi��n particular que no permite al viajero apreciar detalle alguno, sino todo el conjunto. Una sola visual descorre el grandioso cuadro, y el estupor invade la materia, concentrando la admiraci��n en el esp��ritu.
El v��rtigo, la grandiosidad, lo insondable, lo indefinido; masas de agua que se coloran, que chocan, que ensordecen; abismo que atrae y que fascina; transparentes trombas que se cristalizan, se retuercen, y por ��ltimo se esparcen en gigantescas cabelleras, cuyos hilos de plata al rozar en la roca se descomponen y se elevan en tenues vapores; millones de preciosos cambiantes con los que se ilumina la gran��tica c��rcel, en la que el Sumo Hacedor guarda una de sus m��s bellas creaciones; sombras queridas que forja la fantas��a envueltas en transparentes encajes de espuma; tiernas evocaciones de otras edades y otros tiempos; gratas reminiscencias de seres amados; consoladoras fantasmas surgidas de las compactas brumas; misteriosos ruidos que suplican, amenazan, suspiran �� maldicen, es lo que instant��neamente se agolpa y embarga nuestros sentidos al llegar al borde de aquel abismo, en cuyo negro fondo truena la grandeza del Dios del Sina��, recordando �� los mortales el terrible Dios ira de los inmutables y eternos fallos.
Todo lo grande despierta en el alma cuantos sublimes ensue?os se elaboran en los misterios de la admiraci��n. El espectador se encarna con el cuadro que presencia, se paralizan sus sentidos y el ��xtasis alienta las m��s tiernas creaciones. Un poeta ante la cascada del Botocan, resucita todos los colosos del sentimiento, y al murmurio de las ondas, recuerda sus inmortales producciones.
El artista aprecia con los ojos del alma las m��s sublimes im��genes y sue?a con la realizaci��n de su ideal, viendo surgir de las tornasoladas espumas los rayos de luz que iluminaron la mente de Murillo y Rafael; las columnas monol��ticas, imperecederas memorias de edades prehist��ricas; las atrevidas afiligranadas ojivas moriscas, s��ntesis de la mas grande de las epopeyas; las medrosas siluetas de las esfinges fara��nicas con sus impenetrables jerogl��ficos; los derru��dos circos romanos, compendio de la salvaje barbarie, al par que del sibaritismo de los antiguos imperios; los truncados altares dru��dicos con los tiernos recuerdos de sus vestales, y lo horrible de sus sacrificios; los almenados cubos de las feudales torres, con sus severas damas, sus tiernos trovadores, sus rientes bufones, sus turbulentos caballeros; la estalact��tica gruta, d��bil remedo del sumo poder; el triunfo, el genio, la gloria, las aspiraciones, la esperanza, el amor, las tit��nicas empresas; todo, todo cuanto embellece la vida desfila ante el let��rgico estupor �� que predispone la contemplaci��n de todo lo grande..
* * * * *
El plano por el que se precipitan las aguas del Botocan, no tiene rampa, siendo perfectamente perpendicular.
Las paredes que forman el abismo, tienen casi la misma altura, y en cuanto �� su circunferencia es muy limitada, tanto, que cuando las aguas son caudalosas, rompen en el muro paralelo al en que se precipitan, cubri��ndose de vapores, tanto el total del fondo como la boca de la sima.
Hecha esta peque?a explicaci��n, se comprende que no hay preparaci��n alguna para el espect��culo; �� cinco pasos del borde solo se ve un bello paisaje y un raqu��tico r��o, con un puente de bongas y ca?as; percibiendo el o��do el ruido repercutido, que llega muy amortiguado al romper las ondas en las encadenadas rocas.
Muchas veces he admirado la cascada, y siempre su espect��culo me parece nuevo. Al borde de aquel precipicio, he pasado muchas horas de contemplaci��n. All��, por un poder misterioso y consolador, me cre��a m��s cerca de Dios, y de los seres que sintetizan y compendian mi fe, mis esperanzas y mis amores. No pocas veces el ruido atronador de las aguas se ha mezclado con una oraci��n murmurada por mis labios y un profundo suspiro arrancado de mi alma, dirigiendo la primera al cielo, y el segundo al tranquilo y lejano hogar que guarda mi cuna. Una de las veces que visit�� el Botocan, fu�� acompa?ado de un amigo que tiene sus ribetes de ateo. Observ�� cuidadosamente las impresiones que reflejaba su cara �� la vista de aquel cuadro, cuando de pronto se volvi�� �� m��, dici��ndome con una verdadera emoci��n:--?Hay misteriosos templos, fabricados en la insondable noche de los tiempos, ante los cuales la rodilla se

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