Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas | Page 4

Juan Álvarez Guerra
construcciones de s��lidos materiales.
�� medida que el r��o de Binondo camina �� su desag��e, aumenta el movimiento en sus orillas y en sus corrientes. Cargadores chinos provistos de resistentes pingas, pesados cascos repletos de abac��; paraos, bancas y botes llenos de mercanc��as que la exportaci��n de las provincias del Norte, de China y del Jap��n traen al mercado de Manila, es lo que compone el cuadro hasta los l��mites, en que el modesto Binondo confunde sus aguas en las caudalosas del que nace en la extensa Laguna de Bay, entre la salvaje poes��a que despiertan los panoramas que presentan el Castillo de flores, el Pecho de Dalaga, los Tanques de Paquil y las bellezas del Talim.
Una vez dentro de las aguas del Pasig, el movimiento de la banca se hizo duro �� consecuencia de la corriente y la marejada.
Dejamos por la popa el puente de Barcas, ��nico paso gratuito que une el viejo mundo manile?o con el moderno, y voltejeando por entre barcos de todas especies y dimensiones, pasaron ante nuestra vista los artesonados g��ticos de Santo Domingo, las columnatas (!!) de los camarines de la Aduana provisional (si no fu��ramos de prisa, ver��an nuestros lectores que en Filipinas todo es provisional), los bonitos parterres de la Capitan��a del Puerto, los sombr��os muros de la Fuerza de Santiago, la actividad del Carenero y el extenso Malec��n.
A medida que nos acerc��bamos �� la barra, la boga se hac��a m��s dif��cil.
Est��bamos �� medio cable de aquella. Cuatro golpes de remo, y la quilla de la banca entrar��a en los inmensos dominios de los mares.
Fijamos la ��ltima mirada en la blanca espuma que incesantemente nace y muere al gemir de las olas que rompen en las piedras del Fuerte del Sur, y ... ?cu��l es la Mar��a Rosario? pregunt�� al patr��n.
--Aquella, se?or,--dijo, se?alando un barco armado de brick-barca.
Los detalles de la Mar��a Rosario, cada vez se iban delineando con m��s precisi��n. La extensi��n de su guinda, eslora y puntal era proporcionada, no as�� su manga que era mucha, lo que nos hizo presagiar que sus balances hab��an de ser muy sensibles.
La Mar��a Rosario estaba lista para darse �� la vela con rumbo �� las islas Marianas.
A las ocho de la ma?ana pisamos la meseta del portal��n de babor, recibi��ndonos los ladridos del perro m��s gordo que jam��s hemos visto.
Posesionados de la cubierta despu��s de arreglar el camarote, esperamos la visita de salida.
A las doce, listos en toda regla, dimos vela con todo aparejo largo en demanda del Corregidor, con viento flojo del N., mar tranquila, bar��metros altos y horizontes celaginosos.
A las tres de la tarde el viento segu��a muy flojo, en cambio el calor era insoportable.
Apenas andar��amos una milla por hora.
A la banda de babor ten��amos las costas de Cavite.
?Cu��nto recuerdo tiene para nosotros Cavite!
Le queremos cual si fuera el pueblo que nos vi�� nacer; entre su alegre bullicio pasamos muchos meses encontrando cari?o, consuelo y amistad.
El istmo de San Roque con su mar de Bacoor, incesantemente llena de empavesadas bancas que traen y llevan cigarreras; el seno de Ca?acao donde encuentra un seguro anclaje la flotante poblaci��n de nuestros alegres marinos; las populares fiestas de Porta Vaga con los pantalanes incesantemente llenos de alegres caras, que van y vienen en peque?os vapores engalanados y provistos de m��sicas; las decidoras sanroque?as con su peque?o y airoso tapis, su jerga especial y su picaresca malicia; las po��ticas b��vedas de entrelazadas ca?as que dirigen �� playa chica; los melanc��licos cundiman del barrio de San Rafael y la Caridad; la misma arena de la playa en la cual un d��a y otro d��a hemos visto llegar la ola y borrar nombres que nuestro deseo escrib��a sobre la movediza materia; la franca y leal amistad con los valientes marinos, verdadero elemento que da vida �� Cavite; las hist��ricas mascaradas de Noche Buena en que sinn��mero de dalagas, suelto su hermoso pelo recorren las calles en medio de grotescos grupos en que un indio vestido de moro ostenta muy grave un cartel que dice es Mois��s, en que las doce tribus van representadas por 12 individuos adornados con los deshechos de todas las guardarrop��as, y en que el precio de la progenitura no negamos podr�� estar caracterizado por las prosaicas lentejas, pero que si van estas, lo son mezcladas con morisqueta en un inmenso bilao que lo suelen colocar debajo de la oliva del huerto, �� cuya sombra no se apuran las heces de la amargura, sino sendos tragos de tuba mezclados con los jugos de la bonga y la cal del buyo; todo, todo pasaba ante la vista y ante la imaginaci��n.
El barco aceler�� su marcha confundiendo en una cinta verde los dilatados campos de la Estanzuela.
?Adi��s risue?as playas! ?Adi��s, gratos recuerdos!
Naig, Marigondon, Santa Cruz ... fueron quedando tras de la estela de la Mar��a Rosario.
Los l��mites
Continue reading on your phone by scaning this QR Code

 / 58
Tip: The current page has been bookmarked automatically. If you wish to continue reading later, just open the Dertz Homepage, and click on the 'continue reading' link at the bottom of the page.