Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas | Page 4

Juan Álvarez Guerra
el ilustre apellido de Herrera.
El pueblo de San Pedro Macati, perteneci�� �� los padres jesu��tas; �� la salida de estos, fueron comprados sus terrenos y hacienda por el marquesado de Villamediana.
Pasado el sitio donde se dice se oper�� el milagro, y al que van en romer��a, y con toda la devoci��n de que son susceptibles los chinos, se principian �� ver en ambas orillas del r��o grandes dep��sitos de piedras toscamente labradas, procedentes de las canteras de Guadalupe, las que suministran y llenan en gran parte las necesidades de Manila y sus arrabales. Dichas piedras, aunque muy porosas, y por lo tanto de f��cil desmoronamiento, son apreciadas, y su transporte se hace en grandes bancas, que son vaciadas al pi�� del puente colgante, �� �� las m��rgenes de los muchos esteros que afluyen al Pasig.
Las precauciones tomadas por el capit��n, colocando �� toda la gente de �� bordo con tiquines, �� la banda de estribor, nos hicieron comprender las dificultades que para doblarla presentaba la acantilada roca de Malapadnabat��,--palabra tagala, que quiere decir, piedra ancha.--Los bell��simos helechos que tapizan el estrecho paso que abre en la pe?a el camino qu�� dirige al pueblo de Pateros, es altamente bello, y el naturalista tiene en aquellas gran��ticas paredes preciosos ejemplares de gigantescos musgos. Casi frente �� la pe?a de Malapadnabat�� se halla el vadeo de aquel nombre, en el que, una r��stica garita, y uno menos r��stico camar��n, se?alan un puesto de carabineros, llamados �� vigilar las importaciones que lleva �� Manila el Pasig. En las cercan��as de la garita, y visible perfectamente desde el vapor, se destaca la entrada de la cueva de Do?a Jer��nima,, de cuya cueva--que dicen se comunica con la de San Mateo,--cuentan los indios terror��ficas historias de aparecidos, duendes, y sobre todo de tulisanes. Se afirma que el nombre que lleva es debido �� que en su cavidad hizo vida cenob��tica una pecadora arrepentida llamada Do?a Jer��nima; habiendo quien asegura, por el contrario, que aquella cavidad fu�� hecha para ba?o de una sibarita y opulenta se?ora.
�� un tiro de bala de la cueva se levanta la iglesia del rico pueblo de Pasig. Aqu��, el horizonte se ensancha y se aprecian distintamente las desigualdades de los escabrosos y agrestes montes de San Mateo.
Las orillas de esta parte del r��o est��n llenas de cascos y bancas. Los indios de Pasig son tenidos por los mejores bogadores de la provincia de Manila. Son, en efecto, muy fuertes, y manejan con destreza y vigor la ancha y corta pala que les sirve de remo, al par que de tim��n.
Hubi��ramos querido visitar de noche el pueblo de Pasig para ver el uniforme que usan los serenos, de que nos habla Mr. Jagor, en sus Viajes por Filipinas.
No bien conclu��mos de oir el desagradable graznido de los miles de patos que rodean las cercan��as del vadeo de Pasig, cuando el panorama var��a por completo. Dilatados campos sembrados de palay, se muestran por doquier. Las riberas se despojan de las verdes y po��ticas b��vedas, vi��ndose al carabao arador que pesadamente abre el surco en que ha de fructificar el arroz. En este dilatado trayecto va ensanch��ndose el cauce, cont��ndose en ��l gran n��mero de sarambaos, en cuya plataforma no solamente se alzan los cruzados brazos de ca?a que sostienen la red, sino que tambi��n un cobacho de nipa, en el que vive toda una familia, cuyos individuos, durante las horas de trabajo, tienen su puesto y su lugar de maniobra en aquel r��stico aparato flotante, cuyo mecanismo se reduce �� una red tejida de cabo negro pendiente en sus cuatro extremos de unas ca?as, que �� su vez las sujeta un m��stil, dispuesto de forma, que un contrapeso graduado sumerge y hace subir la bolsa que forma la red.
Tras consagrar un piadoso recuerdo �� la milagrosa imagen de Antipolo, �� la vista del r��o, cuyo cauce siguen la mayor parte de los miles de romeros que visitan el santuario, y despu��s de una corta marcha, franca y desembarazada, entramos en la barra de Napindan, que abre la gran Laguna de Bay.
Las riberas del Pasig han sido objeto de rimas y trovas, y sus aguas cantadas por melanc��licos amantes y por m��sicos m��s �� menos inspirados. El d��a de San Juan y los tres de carnestolendas constitu��an cuatro fiestas fluviales, en las que los remojones, las regatas y las enfrentadas en banca, figuraban en primer t��rmino. La libertad que reinaba en estas diversiones, la convierte en libertinaje M. Le-Gentil en las descripciones que de ellas hace en sus Viajes. Dicho franc��s, que dignamente precedi�� en exactitud en la manera de narrar costumbres �� otros compatriotas suyos, vino �� estas islas el a?o 1767, por orden de su rey �� estudiar el paso de Venus por el disco del sol; y si observ�� el cielo, de
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