dulce languidez llamada matang-mapungay, propia solo de las hijas del Oriente, que formule un deseo �� su ?ol y el yo cuidado en este caso es la realizaci��n completa del mas exigente capricho.
El yo cuidado tiene tanta latitud, dice tanto, es aplicable �� tantas cosas, afirma y niega tantas otras, que es imposible darle su verdadero valor. Es una frase propia de Filipinas imposible de traducir en su pr��ctica significaci��n en ninguno otro pa��s.
Yo cuidado, nos hab��a dicho el matand��; as�� que ya no tuvimos que hacer nada en la seguridad de encontrarlo todo hecho. El gu��a sab��a quer��amos ir al volc��n; la sola concepci��n de este deseo y el yo cuidado, bastan para comprender que lo dispondr��a todo, y��ndonos en tal confianza �� acostar, al tiempo que la hermosa y clara luna nos anunciaba que aun cuando tuvi��ramos que caminar de noche su plateado disco nos enviar��a luz y alegr��a.
Escaso fu�� el reposo, pues a��n no alumbraba la aurora cuando fuimos despertados. El despertar para madrugar siempre modifica en el ��nimo los proyectos del d��a anterior. Una noche de insomnio robustece las ideas, las penas �� las alegr��as, como por el contrario, las horas en que las sombras baten su bele?o sobre nosotros entreg��ndonos al reposo, modifican, alientan, consuelan el esp��ritu.
El bueno de O?ate, que hay que despertarlo �� tiro de fusil, se volvi�� del otro lado, pidiendo le dejaran de volc��n, de Sungay y de expediciones; Ord��?ez, acostumbrado �� desechar la pereza en la ruda campa?a del marino, puso los huesos en punta, y yo le grit�� �� O?ate en todos los tonos:--?Vamos! ?arriba! la laguna nos espera!--dando por resultado el que el interpelado tras un largo bostezo se incorporara en la cama.
Listos y provistos de todo, dimos un cari?oso adi��s al Padre, y montados en los ligeros caballos del pa��s, tomamos el camino del vecino Sungay, �� la hora en que los primeros ecos de la campana del convento despertaban al pueblo de Silam, llamando �� los indios �� la oraci��n de la ma?ana. Confiados al gu��a y al notable instinto de los caballos, tras algunos dilatados campos de palay y varios grupos de calumpang, desapareci�� todo camino ante la compacta barrera de cogonales que se extend��a �� nuestra vista. Con harta dificultad y no menos precauciones por el temor de encontrar alg��n carabao cimarr��n, caminamos por espacio de una hora vali��ndonos de la voz para no perdernos, puesto que nos tapaban completamente los penachos del cogon. Tras un trayecto que nos fu�� sumamente dif��cil de correr, se aclar�� la maleza dejando el habla al ponernos �� la vista; pocos pasos m��s y los cascos de nuestros peque?os caballos pisar��an las faldas del Sungay, cuyas crestas las envolv��a las densas brumas de la ma?ana.
Dimos unos momentos de descanso �� los caballos, arreglando lo mejor posible nuestro equipo, empapado en el agua que nos hab��a regalado el roc��o que la humedad de la noche deposit�� en las hojas del cogon.
Trabajosamente y confiados en un todo al instinto de los caballos, principiamos la ascensi��n del famoso monte. Las afiladas hojas de la fresa silvestre y las entrelazadas ramas de las guayabas, obligaron m��s de una vez �� que se hiciera uso de la cuchilla para dejarnos paso en aquellos estrechos desfiladeros apenas hollados por humana planta.
El Sungay, con sus innumerables precipicios, sus estrechas cortadas revestidas de musgos y helechos, su vegetaci��n virgen, los panoramas que se admiran desde sus pintorescas mesetas, el rumor de arroyos y cascadas que lo salpican, los indescriptibles y misteriosos ruidos que produce el bosque en la hoja que oscila, el ave que cruza, el agua que gime, la guija que rueda, el insecto que zumba y los miles de millones de seres que componen el impenetrable mundo de lo infinitamente peque?o, con sus cantos, su lenguaje y su idioma, tan impenetrable como lo son los profundos misterios de los oc��anos de luz donde giran las creaciones de lo infinitamente grande, compendian uno de los sitios m��s bell��simos de la perla del Oriente.
Un amanecer contemplado desde una de las alturas de Sungay es indescriptible. Las tintas que proyecta el sol naciente en las nubes y los cambiantes que se suceden en los horizontes de verdura, poseen una riqueza de luz y una fuerza de colores tan potente, que �� ser posible trasladarlas al lienzo se creer��a el sue?o de un artista.
De hondonada en hondonada; y de precipicio en precipicio, dieron las cabalgaduras con nuestros huesos en el t��rmino de la ascensi��n. Nos encontr��bamos en la l��nea que divide las provincias de Cavite y Batangas. La divisi��n de estas provincias la deciden la direcci��n de las corrientes que se deslizan por las pendientes del Sungay.
A la vista ten��amos la laguna, viendo elevarse perezosamente del cr��ter del volc��n columnas de espeso y blanco humo.
A la falda del

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