Un faccioso más y algunos frailes menos | Page 8

Benito Pérez Galdós
casa.
Luego que Salvador se fue, D. Felic��simo escribi�� una carta en cuyo sobre, despu��s de trazar tres cruces, puso: A la Se?ora Do?a Mar��a de la Paz Porre?o, calle de Bel��n.

-III-
Las pobres se?oras casi viv��an en la misma estrechez que en 1822, porque las mudanzas pol��ticas y sociales se deten��an respetuosas en la puerta de aquella casa, que era sin duda uno de los mejores museos de f��siles que por entonces exist��an en Espa?a. Los per��odos de tiempo en que imperaba el absolutismo eran para el medro de la casa y abundancia de las despensas Porre?anas lo mismo que aquellos en que prevalec��a la vil canalla de los clubs. De modo que en punto a comodidades y vituallas el agonizante marquesado habr��a terminado con un desastre igual al que han sufrido formidables imperios si no viniera en su auxilio una industria que, si bien es algo prosaica, tiene algo de noble por estar emparentada con la hospitalidad. Las dos ilustres cuanto desgraciadas se?oras aposentaban en su casa un caballero tan respetable como rico durante las temporadas, a veces muy largas, que dicho sujeto pasaba en Madrid. El trato era excelente, la remuneraci��n buena, y la armon��a entre el hu��sped y las damas tan perfecta que los tres parec��an hermanos. La familiaridad realzada por el respeto y una llaneza decorosa reinaban en la silenciosa mansi��n que parec��a habitada por sombras.
Bueno es decir, para que lo sepan los historiadores, que con las m��dicas ventajas pecuniarias adquiridas por aquel medio honest��simo hab��an renovado las se?oras parte del mueblaje, aunque todas las piezas de anta?o se conservaban, sostenidas por los remiendos y pulidas por el tiempo y el aseo. ?Cosa admirable! el rel�� 2 hab��a vuelto a andar; mas por malicia del relojero o por un misterio mec��nico imposible de penetrar, andaba para atr��s, y as�� despu��s de las doce daba las once, luego las diez y as�� sucesivamente. El cuadro de santos de la Orden Dominica hab��a sido restaurado por la misma Do?a Paz, asistida de un h��bil vejete carpintero, sacrist��n y encuadernador, y emplasto por aqu��, pegote por all��, con media docena de brochazos negros en las sombras y una buena mano de barniz de coches por toda la superficie, hab��a quedado como el d��a en que vino al mundo. Por el mismo estilo se hab��an salvado de completa ruina las urnas de santos y las cornucopias, que por no tener ya en sus cristales sino irregulares manchas de azogue parec��an una colecci��n de mapas geogr��ficos. Lo nuevo, que era muy humilde, consist��a en sillas de paja, cortinas de percal, ruedos de estera de colores; pero alegraba la casa y su vetusto matalotaje. Por tal manera aquella imagen cadav��rica de los pasados siglos se re��a en su tumba.
En la ��poca en que nuevamente la encontramos, Do?a Mar��a de la Paz se acercaba velozmente a una vejez apopl��tica, marchando a ella con los pies gotosos, la cabeza temblona, los hombros y el cuello crasos. Sus cabellos, no obstante, se conservaban negros lo mismo que el lunar, y era que ella persegu��a las canas como si fueran liberales, y no daba cuartel a ninguna, siendo tan implacable con ellas, que cuando vinieron en tropel y no pudo arrancarlas por temor a quedarse en el puro casco, las disfraz�� visti��ndolas de luto para que nadie las conociera. As�� cuando esta operaci��n no estaba hecha con habilidad (porque con las fuerzas hab��a mermado la vista) aparec��an las sienes y la frente empa?adas con ciertas nubes negras por encima de las cuales brillaba la nieve remedando un admirable paisaje de invierno.
Do?a Mar��a Salom�� estaba tan momificada que parec��a haber sido remitida en aquellos d��as del Egipto y que la acababan de desembalar para exponerla a la curiosidad de los amantes de la etnograf��a. Fija en una silleta baja, que hab��a llegado a ser parte de su persona, se ocupaba en arreglar perifollos para decorarse, y a su lado se ve��an, en diversas cestillas de mimbre, plumas apolilladas, cintas de matices mustios, trapos de seda arrugados y descoloridos como las hojas de oto?o, todo impregnado de un cierto olor de tumba mezclado de perfume de alcanfor. Dec��an malas lenguas que al hacerse la ropa juntaba los pedazos y se los cos��a en la misma piel; tambi��n dec��an que com��a alcanfor para conservarse, y que estaba, forrada en cabritilla. Bober��as maliciosas son estas de que los historiadores serios no debemos hacer caso.
Una ma?ana.... Olvidaba decir que en la casa hab��a una gran pieza interior que daba a un patio o corral��n muy espacioso, de donde recib��a el sol casi todo el d��a. En dicha pieza tend��a Do?a Paz la ropa lavada en casa. De muro a muro todo era cuerdas, y cuando estaban llenas de ropa, aquello parec��a un bosque de trapos h��medos. Pues bien, una ma?ana se paseaba
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