La Edad de Oro: publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de | Page 2

José Martí Pérez
es suyo, recibir�� un buen premio de libros, y diez ejemplares del n��mero de La Edad de Oro en que se publique su composici��n, que ser�� sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien, porque para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho. As�� queremos que los ni?os de Am��rica sean: hombres que digan lo que piensan, y lo digan bien: hombres elocuentes y sinceros.
Las ni?as deben saber lo mismo que los ni?os, para poder hablar con ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que el hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque las mujeres de la casa no sepan contarle m��s que de diversiones y de modas. Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las ni?as entienden mejor, y para ellas las escribiremos de modo que les gusten; porque La Edad de Oro tiene su mago en la casa, que le cuenta que en las almas de las ni?as sucede algo parecido a lo que ven los colibr��es cuando andan curioseando por entre las flores. Les diremos cosas as��, como para que las leyesen los colibr��es, si supiesen leer. Y les diremos c��mo se hace una hebra de hilo, c��mo nace una violeta, c��mo se fabrica una aguja, c��mo tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las ni?as tambi��n pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber, y mandarnos sus composiciones para la competencia de cada seis meses. ?De seguro que van a ganar las ni?as!
Lo que queremos es que los ni?os sean felices, como los hermanitos de nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un ni?o de Am��rica por el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga donde todo el mundo lo oiga: ??Este hombre de La Edad de Oro fue mi amigo!?

Tres h��roes
Cuentan que un viajero lleg�� un d��a a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no pregunt�� d��nde se com��a ni se dorm��a, sino c��mo se iba adonde estaba la estatua de Bol��var. Y cuentan que el viajero, solo con los ��rboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parec��a que se mov��a, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos deben querer a Bol��var como a un padre. A Bol��var, y a todos los que pelearon como ��l porque la Am��rica fuese del hombre americano. A todos: al h��roe famoso, y al ��ltimo soldado, que es un h��roe desconocido. Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.
Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocres��a. En Am��rica no se pod��a ser honrado, ni pensar, ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el pa��s en que naci�� los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. El ni?o, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre honrado. El ni?o que no piensa en lo que sucede a su alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un hombre que vive del trabajo de un brib��n, y est�� en camino de ser brib��n. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso: la llama del Per�� se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con rudeza o le pone m��s carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama. En Am��rica se viv��a antes de la libertad como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la carga, o morir.
Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agon��a cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en s�� el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que
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