Impresiones, Poesías | Page 6

Joseph Campo-Arana
��l era el ��nico que mientras hablaba conservaba la cara s��ria, resalte el mejor de sus chistes. Talento s��lido y bien nutrido, sagaz observador y pintor felic��simo de costumbres, Andr��s Ruigomez hubiera alcanzado en Francia, con aliento para sus primeros pasos y recompensa para sus primeros merecimientos, una reputacion no menor que la de Paul de Kock, �� quien vence en la profundidad de las ideas y no cede en la fuerza del chiste.
Tipo bien opuesto tambien al de Adolfo, era el de otro personaje que no quiero bosquejar, para irme directamente �� la figura principal de mi cuadro, que tambien se cri�� al calorcillo del nido: el autor del presente libro, mi querido amigo Campo-Arana.
III.
Don Quijote le llamaban sus compa?eros; y hoy, que ya es todo un guapo mozo, no parecer�� imprudente confesar que el mote le estaba como anillo al dedo. Y Campo recordaba �� D. Quijote por algo m��s que por lo seco y desgarbado de su cuerpo, lo avellanado del rostro y el rumbo de los bigotes: por lo exaltado de su imaginacion, pronta en hacerle recibir como realidades sus sue?os de cada momento, infatigable para persuadirle �� creer que est�� en verso nuestra existencia, contra la opinion de un personaje de comedia del pobre Luis Egu��laz. Campo se ha pasado, y se pasa, y se pasar�� la vida (porque es el individuo del nido m��nos sujeto �� cambio), tomando por gigantes los molinos de viento, y por castillo la venta tan justamente antip��tica �� Sancho Panza.
Campo era, de todos sus compa?eros, el que m��nos versos hac��a y el m��s poeta sin duda alguna. Si el que escribe estos renglones no creyera firmemente que el artista es echado al mundo por Dios, ni m��s ni m��nos que el ave, que siempre encuentra las yerbecillas que han de alimentarla mejor, creeria con no m��nos seguridad que Campo-Arana era un talento perdido �� quien habian faltado favorables condiciones de desarrollo. Pero quien repare un poco en la vida de los hombres notables que honran �� la humanidad, comprende desde luego que Shakespeare, con una vida m��s tranquila, con una instruccion m��s s��lida, quiz��s hubiese escrito dramas m��nos gigantescos; que Moratin, nacido en el siglo XVII, acaso no hubiera tenido un talento bastante en��rgico para salir de la oscuridad; que Hartzenbusch, m��nos sabio y despues de arrojar en Los Amantes de Teruel todo lo que un hombre solo puede inventar, acaso hubiese valido m��nos, mientras la musa inquieta y viva de Narciso Serra probablemente se habria muerto de fastidio en la fria, aunque sana atm��sfera de una biblioteca. Campo es poeta de impresion; ha recibido impresiones, posee el don de expresar de una manera siempre clara y �� menudo elegante sus pensamientos: Campo es lo que puede ser. No hay que indignarse con el pez porque no ande, si sabe nadar bien, ni echar en olvido la f��bula de Iriarte, que nos presenta al ganso haciendo de todo un poco, y haci��ndolo todo como quien era.
Campo no es un sabio; pero con que nadie se lo conozca en sus escritos, con que posea la principal sabidur��a del hombre de letras (la de saber bien qu�� es lo que no sabe, para no hablar de ello), ��l tiene bastante y el lector de sobra.
Su primer maestro ha sido el mejor: la naturaleza vista �� trav��s del sentimiento propio. Algo ha modificado esa espontaneidad la influencia que sobre ��l ha ejercido la lectura frecuente de los poetas alemanes: influencia m��nos perjudicial en Campo que en otros escritores, por ser m��nos opuesta �� la ��ndole del talento de nuestro autor, �� cuyo esp��ritu so?ador y vago ha debido sucederle con las odas y baladas del inmortal autor del incomparable Wallensthein, lo que al viajante que hall��ndose en tierra extranjera, oye por azar palabras del habla nativa de labios de un natural del pa��s.--Poeta dram��tico Campo, de no vulgares condiciones, siempre valdr�� cien veces m��s como poeta l��rico: as�� se nos presenta en su primera obra de importancia, el presente tomo de poes��as, y as�� debe juzg��rsele. Bien ha hecho en bautizarlo con el nombre de Impresiones; dif��cil ser��a encontrar otro que le sent��ra mejor. Porque la poes��a de Campo es eminentemente individual, verdaderamente l��rica. As�� como en el drama el autor no debe aparecer nunca (mas que al final, cuando el p��blico le aclame), el soneto, la oda, la eleg��a, son como la m��scara por que hablaban los actores griegos y latinos con la voz natural, pero aumentada para que llegase �� todos los ��mbitos del anchuroso coliseo. Las impresiones de Campo-Arana, producir��n impresiones en el lector. Casi cuantas contiene el tomo est��n inspiradas por un suceso real siempre, cuando m��nos en la mente del poeta; con lo cual basta para que nazcan con la vida que s��lo de la mente del
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