��nimo del marqu��s, quien al morir le dej�� confiada la joya m��s hermosa que a��n pose��a en este mundo.
Era esta joya una ni?a que acababa de cumplir quince a?os cuando muri�� el marqu��s. Hab��a sido educada por un aya inglesa que hab��a sido menester despedir por falta de dinero antes de venir a Villafr��a; pero ya la ni?a hablaba ingl��s y franc��s con perfecci��n y estaba muy instruida.
En el lugar hab��a acertado a hacerse querer de todas las gentes, en especial de los pobres, aunque ella tambi��n lo era y poco pod��a favorecerlos.
Hu��rfana de madre desde que ten��a dos a?os, hab��a quedado sola en el mundo al morir el marqu��s. ��ste, que jam��s hab��a sido casado, hab��a tenido aquella hija en una mujer oscura, pero le hab��a dado su nombre y la hab��a legitimado.
Don Acisclo, muerto el marqu��s, tuvo grande empe?o en adelantar el dinero para la transmisi��n del t��tulo a la se?orita; pero ��sta lo supo, y se opuso del modo m��s resuelto. Aunque de tan corta edad, pens�� y dijo con discreci��n que hasta era rid��culo ser marquesa con tan poco dinero como ten��a. Don Acisclo insisti�� en sacar el t��tulo, pero la ni?a se opuso cada vez con m��s ah��nco. Quedose, pues, sin t��tulo. Todos en el lugar dejaron de llamarla la marquesita, como la llamaban en vida de su padre, y la llamaron do?a Luz, que era su nombre de pila.
Do?a Luz, como buena hija, lament�� y llor�� mucho la muerte del marqu��s; pero su humilde y cristiana resignaci��n era grande.
Con el tiempo qued�� do?a Luz tranquila y consolada. Viv��a en casa de D. Acisclo. Conoc��a su triste situaci��n, y no se atormentaba por ello. Se dir��a que hab��a olvidado Madrid. Estaba conforme en pasar en Villafr��a la vida entera.
-II-
Antecedentes y pormenores indispensables aunque enojosos
Desde la muerte del marqu��s hab��an transcurrido doce a?os.
Do?a Luz ten��a veintisiete y estaba hermos��sima: mucho mejor que de quince.
Su buen natural, rectamente encaminado en su ni?ez y en su adolescencia por las lecciones del aya, no la hab��a abandonado nunca. Do?a Luz, sin sibaritismo, con la severidad de quien cumple un deber, hab��a cuidado, y segu��a cuidando en el lugar, de su alma y de su cuerpo.
Con el mismo esmero con que procuraba no manchar su inteligencia ni su voluntad con ideas o con afectos indignos, atend��a a la material limpieza y al honesto adorno de su persona. Do?a Luz era en todo la pulcritud personificada.
Tal vez por instinto, sin darse cuenta de ello, o al menos no dej��ndolo sentir ni recelar, se miraba y se complac��a m��s en este que podemos llamar aseo moral y corp��reo, por lo mismo que se ve��a circundada de gente algo ruda y no muy limpia ni de cuerpo ni de alma, y como si tuviese el temor de contaminarse.
Era tan circunspecta, que jam��s dejaba traslucir este temor; y tan h��bil sin arte, que nadie la acusaba de desde?osa. Aunque no se bajaba al nivel de nadie, por una dulce, franca y generosa simpat��a, procuraba elevar a las gentes a su nivel. As�� hab��a logrado infundir respeto y no odio: y las se?oras y se?oritas del lugar, en vez de tomarla por blanco de sus s��tiras, sol��an tomarla por modelo, con lo cual los usos, costumbres y trato social, se hab��an mejorado bastante.
Los mozos eran m��s reverentes con las mujeres, y algunas de ��stas imitaban ya a do?a Luz, no sin ma?a, en modales y compostura y hasta en el primor y atildamiento con que ella ten��a los muebles y alhajas de su tocador, salita y alcoba.
En el momento en que nos ponemos ahora con la imaginaci��n, do?a Luz era un sol que estaba en el zenit. Gallarda y esbelta, ten��a toda la amplitud, robustez y majestad, que son compatibles con la elegancia de formas de una doncella llena de distinci��n aristocr��tica. La salud brillaba en sus frescas y sonrosadas mejillas; la calma, en su c��ndida y tersa frente, coronada de rubios rizos; la serenidad del esp��ritu, en sus ojos azules, donde cierto fulgor apacible de caridad y de sentimientos piadosos suavizaba el ing��nito orgullo.
Madrugadora, activa, acostumbrada a dar largos paseos, y a estar en casa empleada en algo ��til, la ligereza y el br��o de su cuerpo corr��an parejas con su beldad y con su gracia. Cuando quer��a, bailaba como una s��lfide; en el andar airoso, semejaba a la divina cazadora de Delos, y montaba a caballo como la reina de las amazonas.
No se negaba a asistir a los bailes, tertulias y otras fiestas que en el lugar se daban. Hab��a ido a las ferias de los lugares cercanos y a algunas romer��as, y no esquivaba la conversaci��n de las gentes, aunque con tan juicioso y bien templado decoro, que atinaba a desechar la familiaridad excesiva, sin ofender al vidrioso y sin alentar al

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