cobre. ?Qu�� me importa que ese hombre hable mi lengua, si por m��s que charlemos ��l y yo no podemos comprendernos? ?Qu�� me importa que hayamos nacido en un mismo suelo, quiz��s en una misma calle, si entre los dos hay distancias m��s enormes que las que separan un polo de otro?
--La patria, se?or ingl��s, es la madre com��n, que lo mismo cr��a y agasaja al hijo deforme y feo que al hermoso y robusto. Olvidarla es de ingratos; pero menospreciarla en p��blico indica sentimientos quiz��s peores que la ingratitud.
--Esos sentimientos, peores que la ingratitud, los tengo yo, seg��n usted--dijo el ingl��s.
--Antes que pregonar delante de extranjeros los defectos de mis compatriotas, me arrancar��a la lengua--afirm�� con energ��a, esperando por momentos la explosi��n de la c��lera de lord Gray.
Pero este, tan sereno cual si se oyese nombrar en los t��rminos m��s lisonjeros, me dirigi�� con gravedad las siguientes palabras:
--Caballero, el car��cter de usted y la viveza y espontaneidad de sus contradicciones y r��plicas, me seducen de tal manera, que me siento inclinado hacia usted, no ya por la simpat��a, sino por un afecto profundo.
Amaranta y do?a Flora no estaban menos asombradas que yo.
--No acostumbro tolerar que nadie se burle de m��, milord--dije, creyendo efectivamente que era objeto de burlas.
--Caballero--repuso fr��amente el ingl��s--, no tardar�� en probar a usted que una extraordinaria conformidad entre su car��cter y el m��o ha engendrado en m�� viv��simo deseo de entablar con usted sincera amistad. ��igame usted un momento. Uno de los principales martirios de mi vida, el mayor quiz��s, es la vana aquiescencia con que se doblegan ante m�� todas las personas que trato. No s�� si consistir�� en mi posici��n o en mis grandes riquezas; pero es lo cierto que en donde quiera que me presento, no hallo sino personas que me enfadan con sus degradantes cumplidos. Apenas me permito expresar una opini��n cualquiera, todos los que me oyen aseguran ser de igual modo de pensar. Precisamente mi car��cter ama la controversia y las disputas. Cuando vine a Espa?a, h��celo con la ilusi��n de encontrar aqu�� gran n��mero de gente pendenciera, ruda y primitiva, hombres de coraz��n borrascoso y apasionado, no embadurnados con el vano charol de la cortesan��a.
?Mi sorpresa fue grande al encontrarme atendido y agasajado, cual lo pudiera estar en Londres, sin hallar obst��culos a la satisfacci��n de mi voluntad, en medio de una vida mon��tona, regular, acompasada, no expuesto a sensaciones terribles, ni a choques violentos con hombres ni con cosas, mimado, obsequiado, adulado... ?Oh, amigo m��o! Nada aborrezco tanto como la adulaci��n. El que me adula es mi irreconciliable enemigo. Yo gozo extraordinariamente al ver frente a m�� los caracteres altivos, que no se doblegan sonriendo cobardemente ante una palabra m��a; gusto de ver bullir la sangre impetuosa del que no quiere ser domado ni aun por el pensamiento de otro hombre; me cautivan los que hacen alarde de una independencia intransigente y en��rgica, por lo cual asisto con j��bilo a la guerra de Espa?a.
?Pienso ahora internarme en el pa��s, y unirme a los guerrilleros. Esos generales que no saben leer ni escribir, y que eran ayer arrieros, taberneros y mozos de labranza, exaltan mi admiraci��n hasta lo sumo. He estado en academias militares y aborrezco a los pedantes que han prostituido y afeminado el arte salvaje de la guerra, reduci��ndolo a reglas necias, y decor��ndose a s�� mismos con plumas y colorines para disimular su nulidad. ?Ha militado usted a las ��rdenes de alg��n guerrillero? ?Conoce usted al Empecinado, a Mina, a Tabuenca, a Porlier? ?C��mo son? ?C��mo visten? Se me figura ver en ellos a los h��roes de Atenas y del Lacio.
?Amigo m��o, si no recuerdo mal, la se?ora condesa dijo hace un momento que usted deb��a sus r��pidos adelantamientos en la carrera de las armas a su propio m��rito, pues sin el favor de nadie ha adquirido un honroso puesto en la milicia. ?Oh, caballero!, usted me interesa vivamente, usted ser�� mi amigo, qui��ralo o no. Adoro a los hombres que no han recibido nada de la suerte ni de la cuna, y que luchan contra este oleaje. Seremos muy amigos. ?Est�� usted de guarnici��n en la Isla? Pues venga a vivir a mi casa siempre que pase a C��diz. ?En d��nde reside usted para ir a visitarle todos los d��as...?
Sin atreverme a rechazar tan vehementes pruebas de benevolencia, me excus�� como pude.
--Hoy, caballero--a?adi��--es preciso que venga usted a comer conmigo. No admito excusas. Se?ora condesa, usted me present�� a este caballero. Si me desa��ra, cuente usted como que ha recibido la ofensa.
--Creo--dijo la condesa--que ambos se congratular��n bien pronto de haber entablado amistad.
--Milord, estoy a la orden de usted--dije levant��ndome cuando ��l se dispon��a a partir.
Y despu��s de despedirnos de las dos damas, sal�� con el ingl��s. Parec��a que me llevaba el demonio.
IV
Lord Gray viv��a
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