su partida seria el m��vil principal de un gran esc��ndalo, trat�� de evitar su marcha, aunque �� costa de mucho trabajo. Conocia que las relaciones de amor de Felipe eran demasiado nuevas para que tan pronto pudiese haber un rompimiento. Asi es que trataba de disuadirla de la idea de marcharse, poni��ndola por pretesto el hallarse sumamente delicada su salud, y tambiem el encontrarse su padre celebrando C��rtes en Aragon, el cual ador��ndola tan entra?ablemente, sentiria much��simo el que se hubiera tomado esta determinacion sin su consentimiento. Tanto la reina Cat��lica como su hija Do?a Juana, llevaban su intencion; la primera, por ver si podia sin dar esc��ndalo, desvanecer el amor que habia puesto Felipe en la camarista; y la segunda, porque queria dar una leccion �� su esposo, confundiendo �� su querida.
No dejaba Do?a Juana de escribir �� su madre con el objeto indicado; pero in��tiles habian sido hasta entonces sus s��plicas para alcanzar el permiso de esta: habia llegado hasta el punto de mandar �� los personajes mas influyentes de su c��rte para si por este medio lograba lo que hubiera deseado aun �� costa de su vida. Mas viendo que todo era en vano, tom�� la determinacion de marcharse sin el consentimiento de su madre, sin que llegase �� oidos de su padre, y si era posible, sin que se enterasen mas que los conductores de su carruaje. A aquellas personas en quien tenia depositada su confianza di�� las ��rdenes oportunas para que �� la mayor brevedad preparasen los ��tiles mas necesarios de marcha. Todo se encontraba ya dispuesto; pero quiso la casualidad fuese avisada Do?a Isabel de esta resolucion inesperada, por lo cual mand�� inmediatamente �� Don Juan de Fonseca, obispo de C��rdoba, para que la suplicase en su nombre no marchara. A punto de subir al carruage estaba ya Do?a Juana cuando lleg�� el enviado de la reina. Un momento despues no la hubiera encontrado. Mand�� al instante D. Juan de Fonseca se retirase el carruage, y en seguida se fue �� ver �� la archiduquesa, �� la cual encontr�� ya �� la puerta del palacio de la Mota, preparada �� marchar en trage de camino. Con el acatamiento que requeria su posicion, la hizo sabedora de la ��rden de la reina Cat��lica, intim��ndola �� que volviese �� su aposento, mas la archiduquesa no se hallaba ya en el caso de guardar consideraciones de ningun g��nero, asi es que no contest�� una palabra; en el calor de su vehemente pasion no encontraba mas que misterios, agentes secretos de su rival y de su infiel esposo, que no tenian otro entretenimiento que retardar su partida. El obispo de C��rdoba apuraba en vano sus instancias aun present��ndole �� cada palabra el nombre de su madre, pero ya cansada de escuchar desobedeci�� la ��rden y los ruegos de este, y prepar��ndose �� salir: ?Dejadme, dijo, es un deber sagrado el que no me detenga �� nada en este viage.? Entonces el obispo mand�� �� cerrar la puerta, dejando de la parte de dentro �� la desgraciada Do?a Juana.
Vi��ndose encerrada esta se?ora lleg�� al colmo de su desesperacion, y empez�� �� proferir tanto denuesto y tan insolentes frases, que D. Juan de Fonseca se fue sumamente irritado, �� pesar de haberlo mandado llamar �� la archiduquesa por medio de su gentil-hombre de c��mara, D. Miguel de Ferrera. No quiso volver, sino que tom�� el camino de Segovia, donde �� la sazon se hallaba la reina Do?a Isabel.
Llegado que hubo D. Juan de Fonseca �� donde estaba la reina le di�� parte de todo lo ocurrido con la princesa; Do?a Isabel, �� pesar de lo d��bil que se hallaba y de la multitud de negocios que le proporcionaba su alta posicion, se puso en camino para la Mota de Medina del Campo, presumi��ndose que tal vez su presencia haria desistir �� su hija de un proyecto para ella tan sensible. Despues de los cumplimeintos de costumbre y �� los cuales no prestaba atencion esta, la prometi�� que muy pronto iria �� reunirse con su marido. ?Nunca quiera Dios, decia la reina, que mi voluntad ni la del rey vuestro padre sea la de apartaros del lado de vuestro esposo, y si otra cosa sobre este particular se han atrevido �� deciros, despreciadla.?
Estas y otras razones le esponia Isabel, y ella en su frenes��, no respondi�� mas que: ?Son in��tiles los ruegos del mundo entero: no cejar�� ni un ��pice... El padre de mis hijos!... yo quiero verlo?...
Pronunciaba estas palabras, y anegada en l��grimas, se arrojaba al suelo, rechazando los cuidados que todos trataban de prodigarle.
Terminadas ya las C��rtes de Aragon, no crey�� prudente el rey Fernando, detener por mas tiempo su viage, porque ya era sabedor de lo que sucedia con su hija, cuya enagenacion mental se fomentaba cada dia,

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